








Hola, que frio hace. Tai ha llenado de ovejitas su escritorio y bala con ellas, bueno en realidad son cabras, su perra es una babosa y suelta mucho pelo, quiero que llegue la Navidad, me gustan mucho las lucecitas de noche brillan como las estrellas y además dan calor jijiji, las fuentes con grandes chorros de agua y las cosas brillantes y monas en general. También me encanta la canción de Carloz Nuñez, Astros, fuentes y flores y la letra es de un poema de Rosalía de Castro:
Poema de A las Orillas del Sar 
Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros,
ni el onda con sus rumores, ni con su brillo los astros:
lo dicen, pero no es cierto, pues siempre cuando yo paso
de mí murmuran y exclaman:
-Ahí va la loca, soñando
con la eterna primavera de la vida y de los campos,
y ya bien pronto, bien pronto, tendrá los cabellos canos,
y ve temblando, aterida, que cubre la escarcha el prado.
-Hay canas en mi cabeza, hay en los prados escarcha;
mas yo prosigo soñando, pobre, incurable sonámbula,
con la eterna primavera de la vida que se apaga
y la perenne frescura de los campos y las almas,
aunque los unos se agostan y aunque las otras se abrasan.
Astros y fuentes y flores, no murmuréis de mis sueños;
sin ellos, ¿cómo admiraros, ni cómo vivir sin ellos?

ROMEO Y JULIETA de William Shakespeare.
Acto II Escena II 
(Jardín de la casa de Capuleto.)
(Entra ROMEO.)
ROMEO
Se ríe de cicatrices el que jamás recibió una herida.
(Aparece JULIETA en la ventana.)
¡Pero calla! ¿Qué luz brota de aquella ventana? ¡Es el Oriente,
Julieta es el sol! Alza, bella lumbrera y mata a la envidiosa luna, ya
enferma y pálida de dolor, porque tú, su sacerdotisa, la excedes mucho
en belleza. No la sirvas, pues que está celosa. Su verde, descolorida
librea de vestal, la cargan sólo los tontos; despójate de ella.
[Es mi diosa; ¡ah, es mi amor! ¡Oh! ¡Que no lo supiese ella!] Algo
dice, no, nada. ¡Qué importa! Su mirada habla, voy a contestarle. -Bien
temerario soy, no es a mí a quien se dirige. Dos de las más
brillantes estrellas del cielo, teniendo para algo que ausentarse, piden
encarecidamente a sus ojos que rutilen en sus esferas hasta que ellas
retornen. ¡Ah! ¿Si sus ojos se hallaran en el cielo y en su rostro las
estrellas! El brillo de sus mejillas haría palidecer a éstas últimas, como
la luz del sol a una lámpara. Sus ojos, desde la bóveda celeste, a través
de las aéreas regiones, tal resplandor arrojarían, que los pájaros se
pondrían a cantar, creyendo día la noche. ¡Ved cómo apoya la mejilla
en la mano! ¡Oh! ¡Que no fuera yo un guante de esa mano, para poder
tocar esa mejilla!
JULIETA
¡Ay de mí!
ROMEO
¡Habla! -¡Oh! ¡Prosigue hablando, ángel resplandeciente! Pues al
alzar, para verte, la mirada, tan radiosa me apareces, como un
celeste y alado mensajero a la atónita vista de los mortales, que, con
ojos elevados al Cielo, se inclinan hacia atrás para contemplarme,
cuando a trechos franquea el curso de las perezosas nubes y boga
en el seno del ambiente.
JULIETA
¡Oh, Romeo, Romeo! ¿Por qué eres Romeo? Renuncia a tu padre,
abjura tu nombre; o, si no quieres esto, jura solamente amarme y ceso
de ser una Capuleto.
ROMEO (aparte.)
¿Debo oír más o contestar a lo dicho?
